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¿Pueden los entrenadores de animales enseñarle a la vida silvestre a protegerse de los humanos?

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(Mongabay Latam / Linda Lombardi). Si se menciona el entrenamiento con animales, la mayoría de nosotros imaginamos enseñarle a un perro a sentarse para comer algo. Sin duda, no encontramos una conexión obvia entre el entrenamiento y la conservación. Pero, de hecho, el entrenamiento moderno de vida silvestre basado en la ciencia remonta sus orígenes no a los caninos, sino a los delfines, mamíferos acuáticos con quienes los entrenadores tuvieron que idear métodos de enseñanza que no impliquen la fuerza ni requieran contacto directo.

Hoy en día, las técnicas que se practicaron por primera vez con delfines hace muchas décadas se usan con un sorprendente número de especies silvestres, que van desde los chimpancés (no tan sorprendente) hasta las mariposas (¡bastante sorprendente!). En particular, los conservacionistas están descubriendo que las habilidades de los entrenadores de animales pueden ser efectivas para proteger a los animales, incluso en sus hábitats naturales.

El concepto de entrenar animales salvajes en sus entornos nativos parece extraño para la mayoría de nosotros, dice Ken Ramírez, probablemente porque tenemos una idea equivocada al respecto. «Existe una enorme percepción errónea sobre qué es el entrenamiento», dice. «La definición simple de entrenamiento es la enseñanza, y la enseñanza no es algo antinatural».

Los animales salvajes les enseñan a sus crías cómo encontrar comida y cómo evitar depredadores; están aprendiendo todo el tiempo a través de sus interacciones con su entorno. «Lo único que hace un entrenador profesional es ayudar a guiar ese aprendizaje».

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Aprendizaje zoológico

Ramírez tiene 40 años de experiencia, incluyendo más de 25 años en el acuario Shedd en Chicago. Él escribió el libro sobre el refuerzo positivo para el manejo de animales en cautiverio. Siguiendo estos métodos, los entrenadores de zoológicos les han enseñado a animales de todo el mundo a cooperar voluntariamente con procedimientos que anteriormente requerían moderación o incluso anestesia: permitir cepillarse los dientes, recortar los cascos e incluso inyecciones y extracciones de sangre, convirtiendo las acciones extrañas en experiencias positivas para animales en cautiverio.

«Participan porque es un juego divertido que les han enseñado», dice Ramírez. «Si le enseñas a un tigre a entrar en un recinto para un examen médico, cuando ingresen al recinto les darás un gran pedazo de carne o un juguete con el que les guste jugar, algo que hace que valga la pena que participen».

Eso no es diferente de lo que sucede en la naturaleza, por ejemplo, un animal trepa una especie particular de árbol y encuentra un cierto tipo de fruta. Con el tiempo, ese animal aprende a escalar ese árbol una y otra vez a la espera del mismo resultado positivo.

Teniendo en cuenta ese hecho, cualquier animal puede ser entrenado, incluso aquellos que no consideramos «inteligentes». Ramírez, por ejemplo, entrenó una vez a 10 000 mariposas para un espectáculo donde los insectos volaron en conjunto, en el momento indicado, desde una ubicación a otra en tres grupos diferentes, en tres momentos diferentes.

«Ya sea que esté hablando de una mariposa o de un graduado de Harvard, todos aprendemos de la misma manera», dice Ramírez.

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Entrenando a distancia: el éxito de los chimpancés de Sierra Leona

El entrenamiento de animales en zoológicos es bueno, pero la aplicación de tales técnicas en la naturaleza tiene sus desafíos. Por ejemplo, incluso si pudieras acercarte a los animales salvajes que deseas entrenar, no querrías que asocien a las personas con una recompensa, especialmente porque una de las lecciones de conservación más importantes que un animal salvaje puede necesitar es mantenerse alejado de nosotros, porque los humanos pueden ser muy peligrosos.

Entonces los entrenadores que trabajan con la vida silvestre deben descubrir activamente cómo recompensar a distancia, dentro del territorio de origen de una especie.

Un proyecto en curso que Ramírez ayudó a diseñar involucra una tropa de chimpancés salvajes en Sierra Leona. Los entrenadores comenzaron con un comportamiento que ya estaba presente: un chimpancé o varios chimpancés solían gritar cuando veían a un humano desconocido. El objetivo de los entrenadores: enseñar a la tropa a que todos griten a la misma vez cuando vean cazadores furtivos, produciendo un grito lo suficientemente fuerte como para ser escuchado en una estación de guardaparques cercana.

Los entrenadores diseñaron un sistema de tubos de PVC activados remotamente, capaces de dispensar comida en las copas de los árboles con solo presionar un botón. Si un chimpancé gritaba cuando veía a un vehículo o humano desconocido, se empujaba el botón y se proporcionaba un refuerzo positivo en forma de comida para todos los chimpancés.

«Los animales aprendieron que [la llegada de extraños] es la señal para gritar a todo pulmón, y si grito a pleno pulmón aparecen insectos y frutas», explica Ramírez. En poco tiempo, toda la tropa gritaba constantemente en conjunto, haciendo sonar la alarma. El resultado desde que el proyecto se implementó por primera vez en el 2000 fue una disminución del 80 % en los chimpancés perdidos debido a la caza furtiva. La gran sorpresa fue que la lección una vez aprendida se convirtió en parte de la cultura de la tropa: los primates adultos han transmitido la nueva conducta a sus crías.

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La exitosa reintroducción del cóndor en California

Un primer ejemplo de entrenamiento animal que ayudó a un proyecto de conservación a tener éxito fue la cría en cautiverio y la reintroducción del cóndor de California. Los biólogos tuvieron el cuidado de criar a los cóndores sin que vean a las personas para que no asociaran a los humanos con comida y cuidados. Pero, cuando los investigadores liberaron al primer grupo de aves criadas en cautiverio, hubo un problema inesperado.

Fue entonces cuando llamaron a Steve Martin, un entrenador de aves con décadas de experiencia, que ha ayudado a más de cien zoológicos de todo el mundo.

Martin fue llevado a un pueblo en un valle debajo del sitio de liberación, y vio el problema: «Los cóndores aterrizaban en las carreteras, casas, postes de energía y se electrocutaban», dice. «Estaban aterrizando en un pequeño café y afuera la gente estaba alimentándolos con hamburguesas y hotdogs. Los cóndores estaban en todas partes».

Los biólogos estaban perplejos por este comportamiento antinatural. Pero Martin supo de inmediato lo que había pasado: nunca nadie había enseñado a estos cóndores a ser cóndores.

«Los cóndores en la naturaleza pasan dos años con sus padres. Es entonces cuando aprenden las habilidades para sobrevivir. Aprenden cómo evitar el peligro y encontrar comida», dice. Ahora los científicos «tomaron a estos jóvenes cóndores sin la guía de los padres y los enviaron a la naturaleza con solo una palmadita en la espalda y con buenos deseos».

Para sacar a las aves del pueblo, los biólogos usaron mangueras y pistolas de agua. Pero las aves solo aprendieron a temer a los científicos. «Los vecinos pueden acercarse a ellos, pero ven nuestros carros y uniformes y vuelan», le dijo a Martin un conservacionista frustrado que trabajó en el proyecto entre 2000-2010.

Martin reconoció el problema: «Estaban haciendo la pregunta incorrecta: ‘¿Cómo impedimos que los cóndores vayan al pueblo?’ La pregunta correcta era: ‘¿Qué queremos que hagan?’ En vez de tratar de castigar el comportamiento de ir al pueblo, enfócate en el comportamiento que deseas, el cual es que permanezcan en las montañas».

Parte de la solución fue cambiar la forma en que las aves liberadas fueron abastecidas. Inicialmente, después de ser liberadas, habían estado obteniendo el mismo tipo de alimento a la misma hora en los mismos días. Martin instruyó a los científicos a comenzar a proporcionar una variedad de alimentos en momentos aleatorios. «Al incorporar cierta variabilidad, tipo, cantidad y ubicación de los alimentos, hacemos que [los cóndores] piensen en ello», dice. Y sabiendo que la comida podría aparecer en cualquier momento en el lugar de abastecimiento en la naturaleza, vale la pena quedarse y esperar.

Otra lección crucial: el equipo tuvo que intervenir como padres y enseñarles a los cóndores que los humanos son potencialmente peligrosos, incluso a distancia, para mantenerlos lo suficientemente lejos como para evitar que les disparen.

Apareció una oportunidad de enseñanza: mientras los cóndores estaban en corrales de preliberación en las montañas, los investigadores necesitaban agarrar a las aves unas cuantas veces para poder colocarles etiquetas de identificación y hacerles pruebas de salud. Para enseñarles aversión hacia los humanos, dos personas, las primeras que hubieran visto las aves, se acercaban por un camino cercano. Inmediatamente, los cuidadores se apresuraban a meterse en los corrales para atrapar a las aves, colocarles las etiquetas y hacerles pruebas.

«La primera vez que los cóndores vieron a la gente por ahí [en el camino], solo tenían curiosidad y se sentaron en sus perchas. Luego catorce personas entraron al corral con redes y los cóndores simplemente se sentaron allí mirándolos, sin saber qué eran», recuerda Martin, y esas «personas literalmente podían acercarse a un cóndor y agarrarlo por la pierna o el ala».

Pero las aves definitivamente aprendieron de ese primer encuentro. El siguiente par de veces se repitió el proceso, la mayoría de ellos se inquietaron tan pronto como vieron a la gente en el camino. «Entonces entraron esas catorce personas, y esta vez fue muy difícil atrapar a esos cóndores».

La técnica fue en última instancia efectiva. Después de la liberación, algunas aves se acercaron a las personas y tuvieron que ser llevadas para su reentrenamiento. Pero la mayoría había aprendido la lección, y algunos de esos cóndores todavía están por ahí, desempeñando su papel en una historia de conservación de gran éxito.

La versión completa de este reportaje fue publicada en Mongabay Latam. Puedes leerla aquí.

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