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Cuando confundimos lograr con ser

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Claudia Draghi

Sabemos que lograr sacar adelante un proyecto o un rol importante en nuestras vidas, implica abordar una montaña rusa emocional. Un día estás en la cima con los brazos y el corazón abiertos, recibiendo reconocimiento y validación. De pronto, sin imaginarlo, un correo electrónico decepcionante o un comentario crítico te hace cuestionarte todo y caer en la desesperación.

Conozco personas acostumbradas a ser los estudiantes destacados, los hijos buenos, los hermanos ecuánimes que ayudan en los conflictos familiares, los jefes que encuentran el error para señalarlo y cómo no, los líderes valorados que saben hacer la pregunta adecuada para generar soluciones diferentes.

Todos los que nos enorgullecemos de ser orientados al objetivo, podemos encontrar tantos beneficios emocionales por nuestros logros, que empezamos a confundir nuestros esfuerzos y resultados con nuestra felicidad, y lo que es peor, con nuestra identidad.

Es fácil estar motivado cuando las cosas van bien, y más fácil creer que “somos” exitosos.  El problema es que no siempre podemos controlar el resultado.  Entonces, no cumplir con las expectativas (ajenas o propias) nos da un golpe durísimo y genera confusión. ¿soy lo suficientemente bueno? ¿sirvo para algo? ¿encontraré otro trabajo? ¿encontraré mi vocación? ¿podré rehacer mi vida?

En una cultura que nos prepara y premia para el logro, en la que preferimos esconder los fracasos, es común confundir lo que somos con lo que logramos. Valorar el éxito por el éxito dejando de lado el aprendizaje que debe surgir del proceso, nos lleva a obviar los talentos, competencias y capacidades que nos llevaron a lograr ese resultado.

Este año me ha tocado acompañar el proceso de dos personas que fueron despedidas. En un caso, una mujer joven sin hijos se preocupa por el dolor que causará a sus padres y no se atreve a contar lo sucedido. En el otro, un padre de familia teme por el futuro de su hijos y duda de su habilidad para sacarlos adelante… En ambas situaciones, la vergüenza y el diálogo interno destructivo son los principales bloqueos para sobreponerse. ¿Cómo puedo ir a ofrecer mis servicios profesionales si yo mismo no creo en mí? ¿Cómo puedo recolocarme si el miedo se pondrá de manifiesto en mi próxima entrevista? En resumen, ¿Cómo puedo salir adelante si no he podido reconocer aquellas cosas que he hecho bien y las competencias que desarrollé en los momentos más desafiantes?

Cuando tenía 22 años me despidieron de una posición interesante: era asistente del vicepresidente de un banco. Trabajo estable y buena paga. Un día mi jefe me dice:

  • Claudia, sabes que eres una persona maravillosa, pero no funcionas en esta posición.

¡Guau! Me estaba quedando desempleada, sin un rumbo y con mucha rabia. Si yo soy tan trabajadora y responsable, ¿qué hice mal? ¿quién me volverá a contratar? ¿si me han despedido de un banco, seguro mi nombre saldrá por todos lados?  Y miles de cuestionamientos de este tipo.

Hoy, cuando miro atrás en el tiempo, solo puedo agradecerle a mi jefe (de hecho, me lo encontré hace unos años en un café y lo abracé y le dije: “gracias por haberme despedido; fue lo mejor que me pudo pasar”). De no ser porque me desafió, no hubiera buscado otro trabajo, no hubiera estudiado una carrera profesional y no hubiera encontrado mi vocación. Hoy, cuando a alguien lo sacan de su chamba, solo puedo ver futuro, posibilidades y aprendizajes.  Sin embargo, reconozco que el miedo, la inseguridad y el dolor son muy fuertes, y pueden llevarte al hueco más profundo, y si no cuentas con los recursos internos necesarios, no siempre se logra salir.

Es claro que no siempre podremos controlar los resultados de nuestros esfuerzos. Pero creo de verdad que sí podemos estar mejor preparados para la posibilidad del fracaso. Podemos generar aprendizajes y construir resiliencias para que sigamos esforzándonos incluso ante los contratiempos. En mi caso, cuando las cosas salen mal, me doy un tiempo para llorar, renegar y gritar un poco. Cuando le he dado tiempo a esta etapa, entonces me pregunto: ¿Qué tengo que aprender de esta situación? ¿Qué es aquello que no estoy viendo que la vida quiere mostrarme? Cuando dejo de ser la victima rabiosa de mi fracaso y empiezo a enfocar la situación desde el aprendizaje y mi responsabilidad, entonces encuentro respuestas valiosas que me permiten seguir avanzando.

En conclusión, cuando las cosas van bien, nuestra energía y amor propio se fortalecen. Lo que no podemos hacer es permitir que esa situación de éxito nos defina (así como tampoco debemos permitir que nuestros fracasos lo hagan). Hagamos que los éxitos nos permitan recargar nuestra reserva motivacional para que cuando las cosas se pongan difíciles, tengamos la fuerza para sobreponernos y confiar.

Dicen que nada ocurre por casualidad. Así que, si estas leyendo este post y estás desempleado, recuerda y pon en valor tus logros, define con claridad quién eres, qué habilidades te representan y cómo lograste salir adelante en momentos difíciles. No eres un trabajo, eres un ser humano con muchos otros roles importantes que, quienes te valoran y respetan, pueden ver en ti.

Quiero cerrar este post invitándolos a dar el salto y probar, empezar por esa clase de canto, guitarra o actuación a la que estás dándole vueltas. Prueba esas cosas que pueden darte el espacio y la confianza que necesitas para recorrer tu propia montaña rusa emocional y lograr una vida más significativa y empoderada.

NOTA: “Ni GRUPORPP ni sus directores, representantes o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma”.